Me da no se qué hablar de él, ya que normalmente los que hablan de él tienen muy poco cerebro y son la peor especie de lameculos, es decir, periodistas del corazón. Pero quiero hacer alguna reflexión sobre Cayetano Martínez de Irujo y Fitz-James Stewart.

En un mundo normal, este señor sería un don nadie, ya que no tiene ni estudios.
En un mundo normal, este señor sería un don nadie, ya que no tiene ni estudios.
En este mundo, donde hay una inflación y consiguiente desvaluación de los títulos de estudio, él no tiene ni estudios. De la biografía que aparece en su página web oficial resulta que solo tiene el bachillerato. Tampoco tiene capacidades particularmente raras, salvo el hecho de saber montar a caballo. Algo de lo que ha hecho no sólo una actividad, sino un negocio. Y algo más: es lo que él mismo ha elegido para definirse. Su biografía, como su página personal está toda enfocada a los caballos y el mundo hípico: palmarés, concursos, ventas, etc.
Lo que Cayetano tiene en realidad es el nombre. La tierra. Y los caballos. Cosas estas tres que van estrechamente ligadas desde hace siglos, aunque no desde siempre.
Todo lo que caracteriza su vida está ligado al nombre, al blasón. A lo que Bourdieu define poder simbólico. Este poder simbólico no le deriva a los nobles por gracia del espíritu santo, como siempre nos han hecho creer: la palabra aristocráticos, del griego ἄριστος (áristos), superlativo de ἀγαθός (agathós) ‘bueno’, significa ‘mejor’. Los aristócratas serían, pues, los mejores. Pero el poder simbólico, el carisma, no le deriva a los nobles por ser los mejores, como intentan hacernos creer desde hace siglos, sino que les deriva de algo mucho más concreto: de la tierra y de las riquezas en esa contenidas o por esa producidas. Lo que Bourdieu llama el poder económico. Y obviamente por la red de relaciones sociales, entre más personas poderosas, que les permite alcanzar sus fines particulares, lo que Bourdieu llama poder social.
El centro de su vida son los caballos. Algo no secundario, si se considera que 1) los caballos están ligados a la tierra y son un elemento típico de la aristocracia terrera y terrateniente, más que de la burguesía ciudadana; 2) desde siempre han sido exclusivos de los ricos, por el hecho de que su mantenimiento tenía (y tiene) un coste altísimo y que cabalgarlos significaba no usarlos para labrar la tierra. En este sentido siempre han otorgado nobleza a quien los poseía: por el valor de escasez y porque demostraban que sus posesores no necesitaban labrar la tierra, que estaban exentos del trabajo manual, un verdadero horror para los nobles/ricos! Ya en la época de Roma los équites, caballeros, eran una clase rica. Es sabido que en la edad media los caballeros eran una clase noble. Piénsese en el prestigio de la caballería en los ejércitos modernos. El hecho de que las palabras caballero, caballeroso, caballerosidad indiquen todas cualidades positivas es indicativo 1) de la relación del caballo con la nobleza; 2) de la relación de la nobleza, y más en general de las clases superiores o más bien hegemónica, con la lengua, es decir, con la gestión de los significados de la lengua.
El hecho de que los miembros de la burguesía ciudadana, especialmente los parvenu, los nuevos ricos, se afanen a emplearse en hobbies tan aristocráticos como la hípica, al igual que en muchas otros tradicionalmente ligados a la nobleza (tenis, golf, etc.), confirma las dos observaciones hechas arriba.
Ahora, pues, porqué hablo de Cayetano. Porque en un programa en el que se hablaba de las subvenciones que recibe, legal pero injustamente, de la UE, en el marco de la Política Agrícola Común de la UE, ha dicho un despropósito, demostrando que el hecho de ser buen jinete no va con ser una buena persona. En dicho programa hablaba un joven jornalero de Jaén, sin estudios, empleado de la construcción antes de la crisis y ahora obligado a “dar palos” a los olivos para recoger las aceitunas. Preguntado sobre qué perspectivas tenía y por qué no estudiaba, el joven respondía con una resignación escalofriante típica de los desposeídos. El mismo Cayetano, al cual el autor del programa había mostrado las imágenes, no encontraba respuesta mejor que “la gente joven de Andalucía no tiene el mínimo ánimo en progresar”. Ahí está. Lo de siempre. Los pobres son pobres porque quieren serlo. El rico es rico porque quiere serlo, porque es bueno, antes, el mejor. No porque uno de sus antepasados un día ha hecho suya sin razón ni derechos (¿robado?) las tierras, en un largo y complejo proceso histórico del que no se ven los orígenes, pero del que se ven los resultados: algunos tiene mucho y otros no tienen nada. El rico es rico no porque, explotando el trabajo de muchos, ha ido acumulando capital, sino porque merece serlo, porque es bueno, tiene iniciativa.
Esta afirmación de Cayetano, tiene algunas implicaciones fundamentales.
1) demuestra una escasa solidaridad y un altruismo nulo y demuestra cuando menos que Cayetano no tiene ni idea, probablemente porque las horas de entrenamiento le han impedido formarse y leer y así tener un buen criterio. Pero sobre todo demuestra que ser el "mejor" no significa ser bueno: esto es, ser el mejor en sentido social (ser aristocrático) no implica ser bueno en sentido ético (ser solidario).
2) demuestra que Cayetano no sabe que el sentimiento de desesperación y de resignación de los miembros de las clases desposeídas o subalternas deriva justamente de la interiorización de una forma de pensar creada e inculcada por las clases hegemónicas: que los ricos son tales porque son buenos, porque son los mejores, porque valen, mientras que los pobres si son pobres es porque no valen nada y si no valen nada es porque son pobres, y si no valen nada nunca saldrán de pobres, justamente porque no valen nada.
La afirmación del joven es tremenda porque demuestra la interiorización de categorías de pensamiento creadas e inculcadas por/desde las clases hegemónicas y funcionales al mantenimiento de sus intereses particulares. El sentimiento de iniciativa no puede venir cuando se ha sido siempre peón, hijo de peones y nieto de peones y tataranieto de peones, no puede venir de una persona sin formación, porque la escuela es expresión de las clases hegemónicas y aparato de formación de la subordinación y de represión del disenso, no puede venir de una persona que ve un mundo sin esperanza, porque los ricos son cada vez más ricos y a los pobres no les queda más que “dar palos” para sobrevivir; no puede venir de una persona cuya inseguridad deriva al mismo tiempo de la falta de formación y de los ejemplos negativos que le rodean y de la indiferencia general; no puede venir de quien ve que la diferencia entre pobres y ricos es enorme, dada la acumulación enorme de capital que históricamente marca las diferencias entre unos y otros. Diferencias que necesitarían años para ser compensadas.
Porque Cayetano, que tampoco tiene formación, o tiene una formación muy básica, no sería el que es sin el nombre que tiene, y sin todo lo que ese nombre conlleva: poder económico (capital acumulado explotando el trabajo de otros), poder cultural (viajes, arte, lenguas, como el inglés, etc.), poder social (relaciones sociales favorables y que le permiten alcanzar sus objetivos), poder simbólico (carisma, seguridad, derecho de palabra, etc.). Si él es alguien, es gracias a su nombre, que le da recursos incluso si no tiene estudios. Desde su posición es fácil tener iniciativa empresarial.
Quizás por esa misma falta de estudios, las afirmaciones de Cayetano suenan desoladoras, en cuanto demuestran ignorancia, en el verdadero sentido de la palabra, ignorancia de lo que ocurre en la sociedad y maldad, resultado de la primera. Además de expresar de nuevo un pensamiento fruto de las categorizaciones de las clases hegemónicas: los ricos son buenos, los pobres son malos, los ricos son ricos porque se lo merecen, los pobres son pobres porque se lo merecen, sin profundizar en las razones históricas de la pobreza y de la riqueza.
En un mundo normal, sin sus títulos nobiliarios y sus extensas posesiones, sería un don nadie. Pero además en la España ignorante y cotilla, su vida merece atención y seguimiento no por las maldades que dice o por su ignorancia, sino porque (algo de lo que por cierto, saca su ventaja, por mucho que disimule fastidio) sale con tal o porque ha puesto unos cuernos a tal con otra tal. Como en una novela caballeresca.
Tal vez tenga razón y nos merezcamos de verdad ser pobres y sin esperanza.
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