Empieza hoy el juicio contra Pere Puig, el albañil que el año pasado mató con su fusil de caza a sus dos empleadores, padre e hijo, empresarios de la construcción; luego fue a su banco y mató a otras dos personas, dos empleados.

Sin duda este señor tenía cierta inclinación a la violencia, como demuestra el hecho de que fuera un cazador: armas, asesinatos (aunque fuera de animales), emboscadas, etc.
Pero esa inclinación no hace de él un asesino. Así que falta algo.
Lo que, como siempre, los medios de comunicación, más allá del lado morboso del acontecimiento, han omitido de contar. Lo que se deduce de una interpretación (y de un análisis) del caso.
Lo que, como siempre, los medios de comunicación, más allá del lado morboso del acontecimiento, han omitido de contar. Lo que se deduce de una interpretación (y de un análisis) del caso.
Parece ser que el homicida asesinara a los dos empleadores porque no le pagaban, algo que en época de crisis, podemos imaginar posible: el impago, no el homicidio. Obviamente es injusto e ilegítimo no pagar a un trabajador, pero el contexto de crisis del ladrillo deja suponer que el impago pudiera ser real.
Por otro lado parece ser que el homicida ha matado dos empleados que le habían comunicado que tenía una deuda con el banco de 5.000 euros. De nuevo algo absolutamente probable en esta época de crisis.
No quiero dar mi veredicto sobre el caso: culpable o incente no me interesa ni me concierne; dejo por lo tanto el juicio a los jueces, que conocen los datos necesarios y tienen los elementos para poder juzgar; además para eso estudiaron y para eso les pagamos.
Lo que simplemente quiero destacar es el hecho que en una época de crisis, una crisis fruto de las especulaciones de la industria del ladrillo y de los bancos, una persona común, un ciudadano cualquiera que como todos trabaja y tiene su dinero en el banco, mata a dos constructores y a dos banqueros. Quizás sea una nemesis, y en esos asesinados se hallen realizados los deseos más profundos e inconfesables de la mayoría de los ciudadanos.
Quizá los individuos de esta historia en sí no tienen más culpa que ser los intérpretes de las miserias de este momento, pero es imposible no ver una representación de la desesperación de los ciudadanos hacia la industria del ladrillo y hacia los bancos. Ambos son culpables del amargo despertar de la ciudadanía. Ambos han determinado un modelo económico insostenible e injusto, que se encuentra ahora en crisis.
Empresarios y bancos por un lado y trabajadores por el otro. Pero esta vez la víctimas no han sido los de siempre. O quizás sí.
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