Los que hayan estudiado latín se acordarán sin duda que cuando un emperador moría –casi siempre envenenado o víctima de una emboscada, casi siempre a manos de sus más allegados– si había sido bueno se le dedicaba la apoteosis (la subida al Olimpo de los dioses), se le dedicaban hagiografías, monumentos, etc. es el caso de Julio Cesar, Octaviano Augusto, Marco Aurelio, Constantino, etc.
Cuando un emperador había sido considerado indigno sobre él caía inexorable la damnatio memoriae, se le condenaba así al olvido, cancelando su nombre de los objetos que le recordaban, incluso de las monedas, cancelando su efigie y todos los objetos que lo recordaban.
Algo similar ha ocurrido en tiempos más cercanos con las imágenes de Francisco Franco y de los principales colaboradores de su régimen fascista, o en Italia con los objetos que recordaban a Mussolini, o en Rusia con Stalin e Lenin o en Irak con la estatua de Saddam Hussein, y ya casi anteayer en Libia con las imágenes de ese granuja botoxado de Gadafi.
Pero el ejemplo más interesante de damnatio memoriae es la que desde hace algunos días están llevando a cabo los miembros de la casa real española y sus colaboradores, para reparar al inevitable daño de imagen causado por el comportamiento de Iñaki Urdangarín (yerno del Rey), acusado de malversación de fondos.
Ha sido apartado de los actos públicos de la casa real y sobre todo su estatua ya no aparece junto con las de los demás miembros en el museo de ceras de Madrid.
Esta damnatio memoriae, incluso antes de que sea juzgado, es fruto de una estrategia sumamente populista dirigida a salvar la cara de la monarquía. El delito del yerno del rey (no tiene suerte con los yernos) es especialmente odioso y cae además en un momento en que se exige a las clases dirigentes más transparencia, más honestidad, más austeridad.
Pero dos observaciones: 1) los ciudadanos se olvidarán pronto de todas estas exigencias en cuanto llegue la Eurocopa o Eurovisión, o en cuanto vuelva a subir el PIB y a bajar el IPC; 2) relevar a Urdangarín es como no mear en el Océano para no ensuciarlo, ya que la solución para la imagen de la monarquía es que se someta a referéndum la monarquía misma y si posible que desaparezca. Por mucho que los medios y los agentes políticos institucionales se esfuercen por protegerla, es ya hora que desaparezca este persistente y embarazoso legado del franquismo. Al menos en línea de principio ser el jefe del estado (en un estado liberal democrático y moderno) debería ser una legítima aspiración de cualquier súbdito. Sí han leído bien, he escrito “súbdito”, porque muy a mi pesar, mucho me temo que incluso en una república, seguiríamos siendo –aunque no literalmente– súbditos.

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