Detenido el jefe de las descargas, Kim Schmitz, dicen los titulares, como si se tratara del jefe de una mafia. A lo mejor lo acusan de violación a él también como hicieron con Julian Assange. Dicen los titulares y los medios que Schmitz se ha enriquecido, como si en este mundo donde todo tiene un precio y todo se vende y se compra fuera un delito enriquecerse. Como si artistas, productoras y distribuidoras de música y radio y TV no se hubieran enriquecido hasta ahora. Me pregunto cuál es el problema si Schmitz se ha enriquecido, dado que, por lo menos, se ha enriquecido permitiendo a otros acceder gratuitamente a productos culturales (exceptuado el precio de la conexión).
No hablaré de quién hace dinero y quién no con internet y con las descargas, no me plantearé si es más o menos legal, ni si se puede o no hacer dinero con internet, ya que constituirían discursos encerrados dentro del marco del discurso dominante. En cambio, voy a analizar la cuestión desde una perspectiva deconstructivista e historicista, que son palabras feas para decir que voy a explicar de dónde viene el concepto de "propiedad intelectual" y de "derecho de autor", planteando la cuestión en términos “emergentes”, es decir en términos completamente extraños a las categorías de pensamiento comúnmente aceptadas: dinero, derechos, propiedad, etc.
Para empezar, yo desterraría el uso de la palabra “piratería”, pues es una manera ideológicamente determinada de definir con una metáfora muy fuerte, lo que es legítimo y lo que no. Y no estoy tan seguro de dónde está la legitimidad. En este sentido los mismos ladrones de los barcos ajenos recibían en el siglo XVI nombre de “corsario” o de “pirata” según las conveniencias.
Propiedad intelectual y derecho de autor o de copia (copyright) están ligados.
El concepto de propiedad intelectual deriva de la idea de querer ganar dinero con la venta masiva de un artefacto cultural repetible (re-producible) y nace junto con el capitalismo mercantil, en una época (siglo XV) en la que empezaba la producción-compra-venta masiva. Es fruto de la mentalidad (o de la ideología) capitalista mercantilista, y la venta masiva no puede desligarse de la reproductibilidad y de la posibilidad/capacidad de difusión masiva de los artefactos intelectuales y culturales.
El derecho de autor no es algo que exista desde siempre. El derecho de autor nace en el siglo XVIII en Inglaterra para controlar la difusión de los panfletos políticos y así proteger a la monarquía (v. Thompson JB, Medios de comunicación y modernidad). La monarquía cobraba a quien publicaba un texto, al editor, inscribiéndolo en un registro y otorgando así el derecho a copiar (copyright) el mismo panfleto, en una época en la que la imprenta permitía ya una difusión masiva de los productos culturales. Era, ni más ni menos, un modo para controlar la difusión de los textos impresos, y de paso reducir un poco la libertad de expresión, ya que no todo el mundo tenía el dinero necesario para pagarse el derecho.
En este sentido el derecho de autor o de copia tiene que ver sustancialmente con la necesidad de controlar el discurso (v. Foucault M, El orden del discurso) y reprimir sus intentos de desviación, controlar el caos. El copyright nace exactamente como medio para controlar, disciplinar, encauzar al discurso y a los discursos, y obviamente a sus autores y a los medios por los que fluye.
Ahora, pues, Internet da miedo, porque es un nuevo medio de creación y difusión de ideas, exactamente como lo fue la imprenta hace 500 años. Pero, dada su dimensión global, Internet es mucho más incontrolable que la imprenta, que operaba en los angostos confines de los estados nacionales. Internet es demasiado abierto, en todos los sentidos. Exactamente como ocurrió con los libros y los periódicos en los siglos siguientes al nacimiento de la imprenta, ahora se hace necesario controlar a Internet: solo así se explican las actuaciones contra Wikileaks, los intentos del Gobierno italiano de Berlusconi por amordazar Internet, la Ley Sinde y el cierre de Megaupload.
Es una cuestión de derechos. Pero de derechos a la libertad y a la cultura.
La lucha por Internet resume, con las novedades y peculiaridades propias del nuevo medio tecnológicamente diferente a los otros, la continua lucha para los recursos. Y la información, mejor dicho, el acceso y el control de la información (autores, contenidos, medios) es uno de los principales recursos mundiales. Históricamente los grupos y las personas que detenían y administraban el poder siempre han controlado o intentado controlar los medios de producción y circulación del saber y sus productos. Los poderosos siempre los han usados de manera funcional a sus propios intereses de clase. Y los autores de los productos culturales (intelectuales, artistas, escritores) siempre han sido orgánicos a las clases hegemónicas burguesas (v. Gramsci A).
Internet lo revoluciona todo. Ahora estamos ante la posibilidad de iniciar una verdadera revolución y re-evolución cultural, que descansa sobre la absoluta y total gratuidad de los productos culturales (si se exceptúa el coste de la conexión).
No es un caso que una de las principales características de la “vida” en Internet sea el intercambio gratuito. En internet no solo se distribuyen y copian “cosas” de los demás: muchísima gente escribe o más en general “crea” y distribuye cosas propias gratuitamente. El espíritu de Internet es el sharing: compartir.
Estamos frente a una revolución y podemos fomentarla o pararla. Yo ya me he posicionado: estoy con los corsarios.
Propiedad intelectual y derecho de autor o de copia (copyright) están ligados.
El concepto de propiedad intelectual deriva de la idea de querer ganar dinero con la venta masiva de un artefacto cultural repetible (re-producible) y nace junto con el capitalismo mercantil, en una época (siglo XV) en la que empezaba la producción-compra-venta masiva. Es fruto de la mentalidad (o de la ideología) capitalista mercantilista, y la venta masiva no puede desligarse de la reproductibilidad y de la posibilidad/capacidad de difusión masiva de los artefactos intelectuales y culturales.
El derecho de autor no es algo que exista desde siempre. El derecho de autor nace en el siglo XVIII en Inglaterra para controlar la difusión de los panfletos políticos y así proteger a la monarquía (v. Thompson JB, Medios de comunicación y modernidad). La monarquía cobraba a quien publicaba un texto, al editor, inscribiéndolo en un registro y otorgando así el derecho a copiar (copyright) el mismo panfleto, en una época en la que la imprenta permitía ya una difusión masiva de los productos culturales. Era, ni más ni menos, un modo para controlar la difusión de los textos impresos, y de paso reducir un poco la libertad de expresión, ya que no todo el mundo tenía el dinero necesario para pagarse el derecho.
En este sentido el derecho de autor o de copia tiene que ver sustancialmente con la necesidad de controlar el discurso (v. Foucault M, El orden del discurso) y reprimir sus intentos de desviación, controlar el caos. El copyright nace exactamente como medio para controlar, disciplinar, encauzar al discurso y a los discursos, y obviamente a sus autores y a los medios por los que fluye.
Ahora, pues, Internet da miedo, porque es un nuevo medio de creación y difusión de ideas, exactamente como lo fue la imprenta hace 500 años. Pero, dada su dimensión global, Internet es mucho más incontrolable que la imprenta, que operaba en los angostos confines de los estados nacionales. Internet es demasiado abierto, en todos los sentidos. Exactamente como ocurrió con los libros y los periódicos en los siglos siguientes al nacimiento de la imprenta, ahora se hace necesario controlar a Internet: solo así se explican las actuaciones contra Wikileaks, los intentos del Gobierno italiano de Berlusconi por amordazar Internet, la Ley Sinde y el cierre de Megaupload.
Es una cuestión de derechos. Pero de derechos a la libertad y a la cultura.
La lucha por Internet resume, con las novedades y peculiaridades propias del nuevo medio tecnológicamente diferente a los otros, la continua lucha para los recursos. Y la información, mejor dicho, el acceso y el control de la información (autores, contenidos, medios) es uno de los principales recursos mundiales. Históricamente los grupos y las personas que detenían y administraban el poder siempre han controlado o intentado controlar los medios de producción y circulación del saber y sus productos. Los poderosos siempre los han usados de manera funcional a sus propios intereses de clase. Y los autores de los productos culturales (intelectuales, artistas, escritores) siempre han sido orgánicos a las clases hegemónicas burguesas (v. Gramsci A).
Internet lo revoluciona todo. Ahora estamos ante la posibilidad de iniciar una verdadera revolución y re-evolución cultural, que descansa sobre la absoluta y total gratuidad de los productos culturales (si se exceptúa el coste de la conexión).
No es un caso que una de las principales características de la “vida” en Internet sea el intercambio gratuito. En internet no solo se distribuyen y copian “cosas” de los demás: muchísima gente escribe o más en general “crea” y distribuye cosas propias gratuitamente. El espíritu de Internet es el sharing: compartir.
Estamos frente a una revolución y podemos fomentarla o pararla. Yo ya me he posicionado: estoy con los corsarios.

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